CUENTOS DE FONTANARROSA FUTBOL PDF

No se hablaba de otra cosa en los boliches, en la calle, en cualquier parte. Saltaban chispas, te aseguro. O mejor dicho, de los maleficios. Hay que entender que no era un partido cualquiera, hermano, era una final final. Hay que reconocerlo. Porque jugaban que daba gusto, el buen toque y te abrochaban bien abrochado.

Author:Migami Fenriran
Country:Sao Tome and Principe
Language:English (Spanish)
Genre:Relationship
Published (Last):22 October 2007
Pages:202
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Pero que se ponga. Mi mujer siempre me lo reprocha. Ella es maestra y a veces me ayuda con la ropa de los muchachos planchando o zurciendo alguna camiseta. O el mismo Garrido. O llegan muy temprano a practicar. Porque era parco, muy parco. Era una piedra ese paraguayo. Trajeron como catorce, no le miento. Una cabeza para dibujarla, le juro. O santos. Y la cabeza de Garrido daba ganas de dibujarla. Folch es un tipo joven, un empresario, un hombre de negocios. El hombre apunta a eso, es su objetivo.

Como catorce. Eso era. Especialmente, cuando estaba en la camilla del masajista, el Chino Pico. Y no lo eran. Siempre alrededor de los masajistas se arman esas historias un poco sucias. Y las otras dos cosas que me sorprendieron de Garrido fueron su juego de cabeza y sus remates.

A veces me asomaba y las miraba. Con las dos piernas. Pese a la marca, a los golpes, a las trompadas criminales que le pegaban los defensores. Pero contestaba golpe por golpe. A ganar y ganar y ganar.

Casi imposible. Una locura, una verdadera locura. Porque llegamos a la final, como usted sabe. Serio el Mingo, responsable, prolijo. Usted lo ve salir a Defensores a la cancha y es un lujo.

Pero, a los treinta del primer tiempo, gol de Garrido. No una de esas jugadas en las que usted ve venir el gol, no. Pero le pego directo. Y Garrido no era de hacer teatro, porque era de una fortaleza y de una bravura formidables, aparte de que su amor propio lo llevaba a no demostrar dolor ante terceros. El doctor Medina lo hizo tender entonces en la camilla preocupado. Una fractura expuesta. La canillera, le cuento, estaba partida por el medio como si le hubiesen acertado con un hacha.

El doctor Medina quiso insistir pero Folch, que estaba en los vestuarios, lo retuvo por un brazo. Pero el silencio que me llegaba desde arriba era todo un anuncio. Era penal para nosotros. Como lo digo, como se lo cuento ahora. Pero muy alto, muy alto y muy afuera. Lo primero que hice fue mirar el reloj. Faltaban tres minutos, solamente tres minutos para alcanzar la gloria pese a ese puto penal errado, el primero que erraba Garrido en todo el campeonato. Pero nada de casualidad, por poco o con un poquito de fortuna.

Nada de eso. Y yo tampoco. Aquello era un velorio. Temerosa de perder sus poderes. Y aquello explicaba la potencia asombrosa de sus remates. Y que le iba muy bien.

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